8 feb. 2018

[Relato] Todo lo que puedo ofrecerte y más

Todo lo que puedo ofrecerte y más


Cuentan las leyendas que un afamado pirata, cuyo nombre quedó en el olvido, llegó a saquear más de mil ciudades y abordó otro tantos cientos de barcos. Con todo esto llegó a amasar una fortuna inmensa. Sin embargo, tal llegó a ser su codicia que acabó asesinando a su propia tripulación por temor a que se amotinaran y se hicieran con la fortuna del capitán. Toda esa paranoia fue lo que acabó causando su propia muerte
Todo aquel tesoro que había acumulada, lo llegó a enterrar en una recóndita isla que nunca llegó a revelar. Cuando parecía que esta leyenda no era más que un cuento fantástico, la Capitana Coral Fortune fue quien halló la legendaria isla. Con toda la gran cantidad de dinero que haría, seguro que se convertiría en la Reina de los piratas. Desgraciadamente, nadie sería capaz de poder cargar con todas las riquezas a cuenta de una sola persona. Por ello Coral decidió irse a una isla de humildes habitantes donde reuniría a una tripulación: gente que no tuviera grandes ambiciones.
Antón era un marinero que trabajaba en un barco pesquero. Este negocio era de lo mejor que podía ofrecer la isla que por lo demás vivía exclusivamente del comercio. Aun con todo su esfuerzo, Antón apenas llegaba mantener a su familia: su mujer, Mar y sus dos hijos.
Todo iba a cambiar con la llegada de la capitana Forune, a cambio de irse un par de meses a la mar bajo sus órdenes, ella aseguró que los honorarios que recibirían serían mucho mayores de los que podría ganar incluso el más rico de aquella sencilla isla. Antón no dudó ni un instante y accedió inmediatamente. Ganando aunque fuera sólo la mitad de lo prometido, ya sería mucho más de lo que le cabría esperar. Tal fue su júbilo que fue corriendo a casa para avisarle a su mujer.
—¿Y cuánto tiempo estarás fuera?— Preguntó afligida Mar.
—No lo sé, la capitana sólo mencionó que fueran meses. Aun así con todo lo que ha prometido bastará para que tengamos una vida mejor.
Mar se inquietó. No le convencía la decisión que su marido acababa de tomar. Sería estar mucho tiempo fuera en el gran mar hostil del que no se sabe si volvería con vida.
—¿Qué hay de tus hijos? ¿Has pensado en ellos? —Se estremeció—, estarán mucho tiempo sin ver a su padre.
—Sólo serán unos cuantos meses y a cambio tendremos una vida juntos y mucho mejor de lo que tenemos ahora. Ellos podrán conseguir un trabajo mucho más digno— comenzó a emocionarse como si fuera un vendedor que tratara de venderle las ventajas de aceptar el viaje— tu podrás permitirte esos lujos con los que siempre has querido.
—¡¿Y qué pasa si no vuelves?! De qué me servirá entonces tanta promesa si al final se la lleva el mar. Y yo me quedo completamente sola, sin ti.
El silencio imperó, Antón no supo qué responder, nunca llegó a pensar en ello. Cegado por la buena fortuna que halló, no tuvo en cuenta las consecuencias que eso podía acarrear. Tal vez aquello era un riesgo  que debía sumir, la recompensa en cambio era grande. ¿Pero cómo encontrar las palabras exactas para decirlo con delicadeza sin que pareciera  que estaba poniendo su vida en juego?
A Mar le brotaron unas pequeñas lágrimas, pero apartó la mirada para que no le viera así. Se sentó, sabía que lo había dicho ella era algo duro, pero era una posibilidad muy a tener en cuenta. Además no era buena idea que se fuera, dejaría a dos niños sin una figura paterna con la que criarse y a una familia sin un sustento económico.
—El mar es muy peligroso —rompió el silencio. Le inquietaba que su marido aun no hubiera soltado palabra quería seguir hablando— tenlo en cuenta antes de continuar con esta estupidez.
—Tendré cuidado, ya me conoces —respondió con convicción, aunque es no era la respuesta que su esposa estaba buscando—, pero cariño, entiende que una oportunidad así no es algo que pueda volver a ocurrir. Yo quiero poder daros lo mejor.
Eran unas palabras que para Mar eran vacías. En esta isla de mala muerte nunca había existido "lo mejor", más allá de tener una casa y un dinero estable para una vida que te permita algún capricho. 
Cuando conoció a Antón era por aquel entonces un pescador novicio que se enredaba él mismo con las redes. No hacía gran cosa, pero era su optimismo y esa alegría con la que iba a trabajar lo que le encandiló. En el tiempo que salían y se iban conociendo, el futuro se presentaba tan optimista como lo veía Antón, no importaba nada más mientras estuvieran juntos. Todo lo demás, vendría después. ¿En qué momento se terminó todo eso?
 —No será lo mejor si tú no estás aquí. No estoy dispuesta a quedarme como una tanto esperándote en vano, para al final tener que aceptar que nunca regresarás. Si te marchas, mejor no vuelvas.
—Siento que pienses así —cogió su alforja donde había guardado todo lo necesario para poder hacer el viaje, estaba dispuesto a hacerlo, sabía que si regresaba con una buena fortuna le perdonaría— pase lo que pase, te quiero. Cuando regrese no dudaré en gastar lo necesario a esta familia, aunque tú me odies y no quieras volver a verme.

Coral se disponía a zarpar, hizo un llamamiento a todos los nuevos miembros de la tripulación para que embarcaran. Antón se marchó decidido. Había pasado mucho tiempo desde que se casó con Mar. En esa etapa de su vida se sentía muy jovial dispuesto a comerse el mundo, pero la realidad es muy distinta. Ella era la mujer de un pescador que tenía lo justo para vivir. ¿Quién podía decir eso con orgullo? Temía que le abandonara en pos de alguien que le ofreciera una vida mejor, la que de verdad se merece.

El marinero no subió al barco. Se quedó a los pies del tablón completamente inmóvil mirando hacia arriba un gran mundo de posibilidades, pero fue incapaz de dar un paso. ¿Qué hacer? Si subía perdería a Mar para siempre, aun regresando con grandes tesoros. Si se quedaba, aun podía perderla si el futuro seguía presentándose igual de gris que ahora.
El tiempo se paró en esa decisión. Sintió como si todo el mundo se detuviera y no avanzarían de nuevo hasta que deliberara. Se quedó muy pensativo y aunque la cabeza le daba muchas vueltas al final llegó a la conclusión más obvia: quería a Mar. Sonrió mirando al cielo. Quizá la vida es mucho más fácil de cómo la percibimos, quizá no es necesario abandonarla para darle una vida mejor. Quizá ese sentimiento de que su esposa no tenía lo que se merecía y que podía abandonarla le había llevado, sin darse cuenta, a escoger ese camino.
Regresó corriendo a su casa con rapidez. El barco abandonaba el puerto. Mar lo vio partir desde su ventana, triste, sabiendo que nunca volvería a ver a su marido. Se sentó en el sofá y con las dos manos que le tapaban toda la cara se desahogó en lágrimas. Antón entró y vio la situación. Avanzó con mucho sigilo y se acercó por detrás y la rodeó con los brazos. La arrolló de forma cálida para consolarla y que supiera que estaba ahí. Ella le tomó uno de los brazos y lo acarició con dulzura. Cuando ya no brotaban más lágrimas le dijo:
—He sido un tonto.

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